REGIÓN, REGIONES Y DESARROLLO REGIONAL

Las diferentes regiones que conforman el territorio nacional son el fruto de un largo proceso histórico y social. Piura es una región por la historia de interrelación antigua de sus espacios, por la diversidad y complementariedad de sus recursos, por la red vial que el dinamismo de su economía o la planificación estatal han construido; con una fuerte identidad regional y un sentimiento de pertenencia agudizado por definirse entre una frontera política internacional hacia el norte y una frontera natural hacia el sur (el desierto de Sechura); caracterizada además por su extensa base campesina, soporte de arraigadas tradiciones.

Integrada por carreteras e intercambios comerciales, sin embargo, Piura no es una región de lograda integración social y su desarrollo territorial es muy desigual. Los diversos dinamismos de sus sectores productivos no repercuten en beneficios para su población mayoritaria, ni capitalizan todos los espacios con adecuados servicios públicos. El alto nivel de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) contrasta significativamente, incluso en zonas de alta integración comercial (como sus valles costeños), con los datos de una economía con crecimiento y dinamismo exportador. Más aún, algunas de las visiones de futuro de las élites sociales o económicas prefieren imaginar valles despoblados esperando grandes inversiones y maquinarias, en vez de sociedades campesinas prósperas. Asimismo, en diversas propuestas de desarrollo regional, no se ubica la sierra como un espacio y como una población que tenga algo que aportar.

La ciudad capital de la región, pequeña y de consolidación reciente, en comparación con los otros centros regionales, cabezas de regiones de semejante dinamismo, como Trujillo o Arequipa, tiene la ventaja de no oprimir su hinterland ni aplastar la iniciativa social de su red de ciudades intermedias. Al mismo tiempo, y a diferencia de estos mismos, tiene una poco centralizada oferta de servicios para sectores económicos estratégicos que representan la mayor parte de la riqueza del departamento, como la pesca, la minería y parte de la agricultura y que más bien se localizan, respectivamente, en las ciudades de Paita, Talara y Sullana.

En términos de sociedad civil, de sociedad organizada, los sectores populares de la región han perdido, en el contexto general de crisis de las representaciones sociales del país, las fuertes organizaciones que los reunían y los convertían en un actor con notable peso regional hasta la década pasada. Muchas de las grandes empresas en la región son filiales y las decisiones más importantes se toman en la capital del país, más cerca del poder real: en Piura, el más antiguo centro petrolero del país, donde importantes inversiones privadas se realizan en generación de energía y con yacimientos mineros en plena exploración privada, no existe prácticamente una oficina regional del sector de Energía y Minas; no es aquí donde las concesiones se negocian.

Todo lo anteriormente señalado podría interpretarse como una ausencia de liderazgo regional, como una ausencia de élite regional, y probablemente es verdad. Pero también como potencial democrático en la medida en que nadie impone en la región (como no sea pasando por la capital del país) sus particulares intereses. Acaso por ello, Piura es una región donde la concertación entre los actores (empresarios medios, profesionales públicos y privados, pequeñas organizaciones locales) está emergiendo como un valor compartido. Este potencial no se puede desplegar a plenitud en la medida en que no existe una instancia política, de decisiones y poder con ámbito regional, que sustente un espacio público estable donde diferentes proyectos de región y los intereses involucrados en ello, se expresen y se resuelvan en claras prioridades.

Dicha situación, que paraliza y dispersa los actores regionales, es inconstitucional. La Constitución vigente establece la formación de gobiernos regionales electos y con autonomía en sus funciones a partir de 1995. Pero no se ha hecho nada, y el nivel de centralización de decisiones y de inversiones ha llegado a niveles nunca vistos (sólo cerca del 4.5 % del presupuesto nacional es asignado a los gobiernos locales y los CTAR). Los bajos ingresos, los altos índices de desempleo y la ineficiencia que el enorme centralismo genera al tener que consultarse cualquier decisión regional, sumadas a los rasgos crecientemente autocráticos del Poder Ejecutivo, han generado movimientos de descontento regional, y es presumible que se imponga la necesidad de desencadenar, hacia el 2000, un auténtico proceso de descentralización del poder en el Perú.

La diversidad de historias, economías y constelaciones societales de los espacios regionales del Perú es muy grande y, por ello, una descentralización que no tome en cuenta las capacidades diferenciadas y expectativas diversas de los actores regionales, hoy sin voz, no sería eficaz. Lima y Callao generan (o registran) el 44% del PBI nacional y albergan el 32% de la población, 6 departamentos generan el 31% del PBI, albergando el 28% de la población; entre ellos, no sólo está Piura, sino 3 departamentos del Gran Norte; los 3, además, más densamente poblados después de la capital. Los restantes 17 departamentos, que abarcan el 54% del territorio nacional y concentran el 40% de la población, generan sólo el 25% del PBI.

El contenido de las demandas y de las potencialidades regionales, sin embargo, no es homogéneo, a diferencia de la imagen de “promedios nacionales” que suelen manejar los decidores políticos centrales. Una legislación que no establezca ritmos y atribuciones diferenciados en los procesos de regionalización, podría generar una nueva frustración como la vivida en la década de los años 80.

Rasgos comunes, capacidades y semejantes expectativas vinculan Piura con los otros 2 departamentos del Macro Norte. Por otro lado, un espacio de proyección regional se ha abierto a Piura con la firma del tratado de Paz con el Ecuador. Una serie de grandes proyectos de integración fronteriza (viales, energéticos) reubican la región en un contexto mayor. Por un lado, el de su relación con el sur del Ecuador (programas de manejo conjunto de cuencas binacionales, integración de oleoductos y otros proyectos, grandes y pequeños, compartidos). Por otro, el de su comunicación con su propia sierra (la mayor parte de la línea de frontera del departamento), y, principalmente, el de su relación con el Nor Oriente peruano que será escenario de nuevas vías de comunicación, particularmente, el eje bioceánico Paita-Belem, antiguo proyecto estratégico de la región.

En Piura, la orientación del desarrollo y su potencial de integración son temas susceptibles de ser levantados en espacios de concertación y debate, donde la información oriente decisiones públicas y privadas y colabore a construir objetivos comunes que, al mismo tiempo que provoque sinergia en las inversiones que se deciden en la región, siente las bases para un gobierno regional democráticamente elegido, sólido y eficiente.

Colaborar a producir región, como proyecto, es imprescindible, particularmente para sus actores sociales y territoriales menos favorecidos. Es importante también colaborar a construir una imagen nacional desde la pluralidad de las regiones que permita producir los marcos institucionales de un genuino proceso de regionalización.