Una de las características básicas de la agricultura regional lo
constituye el predominio de la pequeña producción agropecuaria.
Aproximadamente más de 95% de las explotaciones agropecuarias de la región,
poseen menos de 10 hectáreas de tierras de cultivo, y la mayoría
de casos fragmentadas en varias parcelas en distintos lugares.
Sin duda alguna, esta característica es una de las principales limitantes
del desarrollo de la competitividad de nuestra agricultura regional, entendida
aquella como la capacidad que tienen las unidades económicas para producir
bienes o servicios a costos relativamente bajos y de buena calidad, de manera
que puedan ingresar o permanecer en los mercados en condiciones ventajosas,
tanto nacionales como internacionales.
Sabido es que la pequeña explotación agrícola presenta
fuertes restricciones para lograr esta capacidad, por las siguientes razones:
- De un lado, las escalas reducidas de producción generan demandas
también pequeñas y fragmentadas de los diferentes factores de
producción: insumos, mano de obra, tecnología, etc. Esta situación,
evidentemente, se traduce en altos costos de las transacciones de dichos factores
productivos. A menor volumen de compra, mayores son los costos unitarios de
dicho factor. Asimismo, las escalas pequeñas de producción constituyen
un freno a las innovaciones tecnológicas especialmente aquellas que requieren
economías de escala: mecanización, uso de crédito, introducción
de riego tecnificado, etc. Estas limitantes terminan ocasiona bajos niveles
de productividad y por ende costos unitarios altos.
- De otro lado, por el lado de la Oferta, la fragmentación de
la producción tiende a elevar los costos de las transacciones de los
productos comercializables al mismo tiempo de que la calidad del producto es
muy heterogénea. Como es sabido, a mayor volumen de producción,
mayores serán los precios de venta. De igual manera, la calidad del producto
tenderá a mejorar; requisitos básicos para lograr exportar exitosamente.
Para superar esta problemática, las experiencias de otros países
tanto de América Latina como de Europa, nos indican que existen por lo
menos dos vías no necesariamente incompatibles:
Desarrollo de la asociatividad del pequeño productor para lograr
agregar demandas de los distintos factores tecnológicos y productivos
que permitan reducir los costos de compra, de un lado, y del otro, agregar ofertas
y estandarizar la producción. Ello permitiría reducir los costos
de producción, facilitar el proceso de innovación tecnológica
y mejorar su capacidad de negociación con las diferentes empresas transformadoras
y/o comercializadoras. Estas asociaciones podrían a su vez asumir las
funciones de transformación y o comercialización de esta suerte
estarían en capacidad retener la mayor parte del excedente económico
para ellos; o asociarse en alianzas estratégicas con empresas especializadas
en las funciones de comercialización y/o transformación.
Estas empresas, además de realizar las funciones de comercialización
y de transformación de la producción, ofrecerían servicios
productivos a las unidades económicas encargadas de producir los bienes
agrícolas: crédito, insumos, tecnología, etc.
La otra vía consiste en la ampliación de la frontera agrícola,
mediante la inversión pública o la inversión privada, y
la entrega de la tierra a unidades económicas de diferentes tamaños,
de suerte que se pueda generar una estructura agraria piramidal que articule
distintos tamaños de capital: en la base un número relativamente
importante de pequeñas empresas, por encima de ellas un número
menor de empresas medianas y en el vértice, unas cuantas empresas de
tamaño relativamente grandes, pero no de carácter latifundista,
de manera que se pueda generar sinergias entre los distintos tamaños
de empresas productivas.
Cualquiera de estas dos vías, en nuestro medio son perfectamente posibles
y económicamente viables; empero, cada una de ellas requiere tratamientos
diferenciales, y por ende una inversión también diferente.
Sin embargo, para la primera alternativa, pareciera existir una limitación
de tipo sociológico: el alto grado de desconfianza que existe entre los
diferentes productores y el fuerte individualismo que los caracteriza. Estas
limitantes en gran parte explican la debilidad y en muchos casos, el fracaso
de nuestras organizaciones agrarias.
Para avanzar en el desarrollo de la asociatividad es necesario que nuestros
productores agrícolas superen la desconfianza a trabajar con sus similares
o con otras empresas al mismo tiempo de que dejen de lado su individualismo.
Estos dos aspectos, quizás constituyen las principales limitaciones para
avanzar en la superación de la fragmentación de la producción
agrícola.
Corresponde, pues, al gobierno regional, al Ministerio de Agricultura, a los
organismos no gubernamentales de desarrollo, a la empresa privada, y a los propios
productores agrarios, trabajar en la superación de estos cuellos de botella.
De lo contrario, la Región Arequipa continuará perdiendo competitividad
tanto en el entorno nacional como internacional.
Por: Alipio Montes Urday
Presidente
CEDER
